Con el registro en la mano
¡Ya tengo permiso para manejar en las calles! (aunque no tenga auto).
Me fascina conducir. Pensé que era grande para aprender algo tan complicado y que iba a necesitar muchas clases para controlar un automóvil.
Me acuerdo que la primera clase me bajé del auto y tenía las piernas duras, pero era como que temblaban por el esfuerzo que habían hecho. Ahí pensé: Menos mal que solo era media hora.
En esa primera vuelta, el profesor me explicó las cosas generales y me dijo: Ahora te toca a vos. Y comencé guiada por sus órdenes. En un momento frente a mí aparecieron dos autos estacionados de cada lado, uno frente al otro, y yo tenía que pasar por el medio. Lo miro al profesor: ¿Qué hago? Su respuesta fue concreta: Pasá. Y pasé. Ahí me di cuenta de que había podido calcular el espacio de mi auto y me quedé un poco más tranquila.
Lo gracioso fue que al volver para mi casa tenía mucho cuidado al cruzar la calle. Ahora entendía que era muy fácil que a alguien le saliera mal una maniobra. Y también estaba más segura porque sabía que ahora sí podía escaparme de un ataque zombi manejando un auto.
Después de las veinte clases (se recomienda que sean tres por semanas, pero por diversas cuestiones tardé medio siglo, bueno, exactamente casi tres meses), me presenté a mi examen práctico.
Estacioné de manera impecable en 45°, pero cuando tuve que hacerlo en paralelo, calculé mal y di con el cordón. Pero no me di por vencida (no lo iba a estacionar en tres movimientos) y le pregunté al inspector si podía corregirlo. Ante su respuesta afirmativa, lo conseguí en cuatro movimientos y luego lo pude sacar sin problemas.
Lo que parecía difícil había sido conquistado.
Yo pude... vos también.
Video de mi segunda clase de estacionamiento.
Video de mi segunda clase de estacionamiento.

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